Cuando el amor abre espacio para una nueva familia: mi experiencia con la adopción

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Ser mamá es una de las cosas más maravillosas que Dios me ha permitido vivir.

Antes de conocer a Jesús, nunca había pensado en la maternidad. Pero cuando tuve un encuentro personal con Él, a mis 18 años, toda mi vida cambió de manera radical. Más adelante, cuando Dios me regaló a mi esposo, comenzó a crecer en mí un profundo anhelo de ser mamá, sin imaginar el camino de fe, espera y transformación que tendría que recorrer para lograrlo.

Fueron 13 años. Sí, ¡13 años! Un tiempo que en ese momento me pareció muy largo, lleno de procesos, preguntas y desafíos. Hoy entiendo que cada uno de ellos fue necesario. Ninguno fue en vano. Dios estaba preparando nuestro corazón para vivir una historia mucho más grande de la que habíamos imaginado.

Hoy quiero compartir contigo parte de ese camino.

Cuando la espera se hace larga

Como matrimonio joven, decidimos enfocarnos en servir a Dios, terminar nuestras carreras y consolidarnos como familia. Sin embargo, al ver pasar el tiempo sin lograr un embarazo, comenzamos a buscar respuestas.

Al principio, médicamente todo parecía estar bien. Pero, a medida que avanzaron los estudios especializados, empezaron a aparecer diagnósticos inesperados. Nos ofrecieron tratamientos que representaban un alto costo, no solo económico, sino también emocional.

A esto se sumó el deseo sincero de nuestros familiares y amigos de ver crecer nuestra familia. Sin querer, esa expectativa empezó a convertirse en presión.

Nosotros seguimos haciendo lo único que sabíamos hacer: orar, ayunar y esperar, confiando en que Dios respondería.

Durante ese tiempo, Dios habló muchas veces a mi corazón, pero hubo un versículo que marcó mi vida para siempre:

Porque ha reforzado los cerrojos de tus puertas; ha bendecido a tus hijos dentro de ti.” Salmo 147:13

Cuando leí esta promesa, entendí que Dios sí me daría hijos. En mi corazón no había duda de que algún día los tendría.

Cuando Dios cambia nuestros planes

Con el paso del tiempo, y con los recursos que teníamos, decidimos intentar tratamientos de fertilidad.

Pasamos por todo el proceso en dos oportunidades, pero el milagro que esperábamos nunca llegó.

Los médicos nos animaban a seguir intentándolo, pero llegó un momento en el que sentí que había perdido la paz. Recuerdo decirle a Dios: “No más.” Sentía que todo se había convertido en un proceso frío y mecánico, y comprendí que ese ya no era el camino para nosotros.

Volví a preguntarle a Dios si había entendido correctamente Su dirección. Recibimos consejería de nuestros pastores e incluso del pastor César.

Fue precisamente en medio de esa búsqueda cuando nació en nuestro corazón un nuevo anhelo: la adopción.

No conocíamos absolutamente nada sobre ese proceso. No teníamos a quién preguntarle.

Encontré un documento del ICBF de más de cien páginas. Lo imprimí y, durante dos semanas, mi esposo y yo lo leímos cada noche. Al terminarlo, tenía muchas preguntas, así que fui personalmente al ICBF para resolverlas.

Ese día recibí claridad y, apenas una semana después, estábamos radicando todos los documentos.

Había una mezcla inmensa de emociones. Era como dar un paso a ciegas. No sabía qué vendría, cómo sería el proceso ni cuál sería el resultado. Después de tantos años esperando y de tantos intentos fallidos, allí estaba nuevamente, confiando en que Dios escribiría nuestra historia.

Dios también prepara el corazón

Comenzamos los talleres de adopción.

No voy a decir que fueron sencillos o alentadores. Todo lo contrario. En muchos momentos sentimos que no seríamos aprobados. Nos sentíamos examinados, cuestionados y profundamente evaluados.

Solo nos quedaba orar, pedir gracia y favor delante de Dios y aferrarnos a Sus promesas.

Encontramos obstáculos, preguntas difíciles, incertidumbre, puertas cerradas, críticas y muchos cuestionamientos.

Sin embargo, mientras nosotros solo veíamos dificultades, Dios estaba obrando.

Ese proceso nos enseñó la importancia de sanar el pasado, enfrentar nuestros temores, no rendirnos frente a las promesas de Dios y permanecer abiertos a Sus planes.

Como dice Su Palabra:

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” Isaías 55:8-9

Ese pasaje fue clave para nosotros.

Naturalmente, esperábamos ser padres por medio de un embarazo biológico. Pero Dios tenía preparado un camino sobrenatural: la adopción.

Comprender el amor de Dios desde la adopción rompió todos nuestros esquemas.

¿Cómo puede nacer un amor tan profundo en medio del dolor?

La respuesta está en la cruz.

Dios nos adoptó cuando nos aceptó con todo nuestro pasado, nuestras heridas y nuestras marcas. Solo ese mismo amor podía hacer nacer a nuestros hijos dentro de nuestro corazón mucho antes de tenerlos en nuestros brazos.

El día que nació nuestro hijo

Después de 13 meses de preparación, recibimos la aprobación de idoneidad.

Para nosotros, ese fue el momento en que supimos que estábamos oficialmente “embarazados”.

Solo era cuestión de tiempo.

Cinco meses después llegó la llamada que cambiaría nuestra vida para siempre.

Habíamos sido elegidos para ser los padres de un hermoso niño de dos años.

No lo dudamos ni un segundo.

Respondimos inmediatamente que sí.

Oramos, confiamos y recibimos la noticia con la certeza de que Dios había escogido a nuestro hijo para nosotros.

Fue otro paso de fe, sin condiciones, sin temor y completamente de la mano de Jesús.

El día en que lo conocimos fue sobrenatural.

Cuando llegó a nuestros brazos, lloró como un recién nacido que finalmente encuentra descanso en los brazos de su mamá.

En ese instante nos enamoramos de él, y él de nosotros.

Nuestra vida cambió para siempre.

Nosotros éramos sus padres y él era nuestro hijo.

El corazón siempre tuvo espacio para más

Nuestra historia no terminó allí.

Desde el principio seguíamos soñando con tener más hijos.

Así que, apenas pasó el primer mes como familia, comenzamos nuevamente el proceso.

Tuvimos que presentar todos los documentos otra vez y recorrer cada etapa, exactamente igual que la primera vez.

Aunque el proceso fue un poco más largo, nunca dejamos de confiar en que Dios estaba guiando cada paso.

Dos años y un mes después volvimos a recibir la aprobación.

Estábamos nuevamente “embarazados”.

Cinco meses más tarde nació nuestra hermosa hija, de 15 meses de edad.

Cuando la tomé en mis brazos, ella se aferró a mí.

Fue uno de los momentos más hermosos que he vivido.

Hoy puedo decir: no temo, creo

Después de conocer a Jesús, esta ha sido una de las experiencias más extraordinarias y sobrenaturales de mi vida.

Muchas personas me preguntaban si no tenía miedo de lo que pudiera pasar.

Y hoy mi respuesta sigue siendo la misma:

No temo. Creo.

Creo en las promesas de Dios.

Confío plenamente en Él.

Sé que habrá desafíos; de hecho, ya los hemos vivido. Pero también sé que Dios nunca nos soltará de Su mano.

Él traerá la gracia, la sabiduría, la respuesta y la salida en cada etapa, porque estoy convencida de que Él nos escogió para ser los padres de nuestros hijos, y también los escogió a ellos para formar parte de nuestra familia.

Entonces comprendí completamente aquella promesa del Salmo:

…ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Hoy puedo decir que esa palabra se cumplió de una manera mucho más profunda de lo que imaginé.

Mis hijos nacieron primero en mi corazón.

Al mirar hacia atrás, entiendo que toda la espera fue necesaria.

Dios utilizó cada proceso para formar en mí la madre que necesitaba llegar a ser.

Hoy disfruto cada etapa de mis hijos con una gratitud que solo puede nacer después de haber esperado tanto.

Y si algo aprendí en este camino es que los planes de Dios siempre son mejores que los nuestros.

Él nunca llega tarde. Simplemente escribe historias más hermosas de las que nosotros seríamos capaces de imaginar.

Ángela Dávila conoció a Jesús hace 28 años, y desde entonces Su amor ha guiado cada etapa de su vida. Está casada desde hace 24 años, es mamá de dos hijos por adopción, contadora pública y emprendedora. Junto con su esposo sirve en el ministerio MCI Bogotá y disfruta aprender, leer y compartir tiempo de calidad con su familia.