Dios siempre comienza con una promesa
Una noche cenábamos con un pastor amigo. Compartimos sobre el ministerio, nos reíamos de las cosas de la vida y disfrutamos de ese tiempo juntos. Cuando uno está entre amigos, la pasa muy bien, y mucho más cuando Jesús está en medio.
Antes de retirarse, nos preguntó si podía hacer una oración por nosotros. Le respondimos que sí, porque lo conocíamos y sabíamos que Dios hablaba a través de su vida.
Mientras oraba, de repente se detuvo, abrió los ojos bien grandes, nos miró y dijo:
—Chicos, Dios me acaba de mostrar que les va a dar dos hijos.
Nos miramos y sonreímos. Llevábamos pocos años de casados y todavía no pensábamos en tener hijos. Además, conocíamos la condición física de Anna, que le impedía tenerlos de manera natural.
Sin embargo, ambos recibimos aquellas palabras como un decreto de Dios. La presencia del Espíritu Santo que llenó ese momento confirmó en nuestro corazón que esa promesa venía del cielo.
Solo dijimos:
—Si Dios lo habló, Él lo hará.
Estábamos acostumbrados a vivir la obra milagrosa de Dios y decidimos creer.
Desde ese día, cada vez que surgía el tema de los hijos —en familia, con amigos, en el ministerio o en la iglesia— nuestra respuesta era siempre la misma:
—Dios prometió darnos dos hijos y estamos en paz, esperando el cumplimiento de Su promesa.
Cuando una promesa viene de Dios y aprendemos a guardarla en el corazón, orándola y confesándola, desaparecen la ansiedad y la desesperación.
El tiempo acerca el cumplimiento de la promesa
Años después, durante una de las convenciones anuales en Bogotá, nuestros pastores, César y Emma Claudia, presentaron a Matías, su quinto hijo.
Él había llegado por medio de la adopción.
El amor que reflejaban no solo ellos, sino también toda su familia y sus discípulos, era realmente admirable. En ese momento fue evidente que Dios comenzaba a gestar algo muy grande.
Anna y yo disfrutamos muchísimo ese tiempo y comprendimos que la promesa que Dios nos había hecho hace quince años atrás también se cumpliría por ese mismo camino: la adopción.
Entonces entendí algo muy sencillo, pero profundamente transformador.
Solo existen dos maneras de recibir descendencia: una es por la vía natural y la otra es por medio de la adopción.
Ambas son caminos que Dios utiliza para dar hijos a las familias.
Si hoy anhelas tener descendencia, puedes confiar en que, cualquiera que sea el camino que Dios haya preparado para ti, Él siempre tendrá lo mejor.
La fe también actúa
La fe nunca permanece inmóvil.
La fe da pasos.
En agosto de 2009 nos inscribimos en el INAU (Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay). Presentamos toda la documentación requerida y comenzamos la espera.
No sabíamos cómo funcionaba realmente un proceso de adopción. Lo único que habíamos escuchado era que podía tardar muchos años.
Aun así, salimos de ese lugar con una profunda paz.
Con frecuencia, las personas nos preguntaban:
—¿Y cuándo les entregan a los niños?
Muchos desconocían por completo el proceso.
La realidad era muy distinta.
Pasó un año entero sin recibir una sola llamada, un correo electrónico o alguna noticia.
Nada.
Absolutamente nada.
Pero, aunque en la tierra parecía que nada sucedía, en el cielo la respuesta ya había sido dada quince años antes.
Y el cielo nunca miente.
Finalmente llegó la llamada que tanto habíamos esperado.
Solo hicieron una pregunta:
—¿Siguen interesados en adoptar?
Nuestra respuesta fue inmediata:
—Claro que sí, tanto como el primer día.
Entonces comenzaron los talleres.
Fue un tiempo para conocernos, prepararnos y formar nuestro corazón para la paternidad.
El proceso duró tres años más. Nadie llega a ser padre adoptivo por accidente.
Es un camino que requiere paciencia, perseverancia y entrega.
Aunque hoy los tiempos se han acortado, puedo decir con total certeza que cada día de espera vale la pena.
Las promesas de Dios siempre se cumplen
La Biblia dice:
"Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo..."
Gálatas 4:4
Así como Dios envió a Su Hijo en el tiempo perfecto, también envió a nuestros hijos en el momento exacto.
Auri, nuestro primogénito, llegó el 4 de septiembre de 2013, con siete meses y medio de edad.
Cinco años después, luego de una gran victoria espiritual y legal, el 1 de agosto de 2018 llegó Clara, su hermana biológica y nuestra segunda hija, con un año y medio de vida.
Con su llegada, Dios puso el sello definitivo sobre aquella promesa que nos había hecho veinte años antes.
Cuando el cielo habla, nunca miente.
Hoy somos una familia unida y profundamente feliz de caminar dentro del plan que Dios diseñó para nosotros.
Y si pudiera dejarte una sola verdad, sería esta:
La adopción también es uno de los medios que Dios usa para cumplir Su promesa de darte descendencia.
Sobre el autor
Raúl Marcelo Figueroa Pegazzano es pastor en MCI Uruguay. Está casado con Anna Franquez y es padre de Auri y Clara. Es autor del libro El río de la adopción, donde comparte una perspectiva bíblica sobre la adopción y el propósito de Dios al formar familias a través de este camino. Su mayor anhelo es inspirar a otros a confiar en que las promesas de Dios siempre se cumplen.